Tras dos mil quinientos versos organizados en cuatro cantos, esa es -en la meritoria traducción en verso hexadecasílabo de Bernardo Santano Moreno y Fernando Cid Lucas- la penúltima de las ciento y una estrofas que componen Sir Gawain y el Caballero Verde, el poema anónimo del ciclo artúrico que acaban de publicar en una bellísima edición en Legendaria.
Compuesto hacia finales del siglo XIV y conservado en un único manuscrito en inglés medio que fascinó a Tolkien, quien prepararía una edición canónica del texto que dejaría inédita a su muerte, es probablemente el mejor poema inglés del ciclo del Rey Arturo, la materia de Bretaña y los Caballeros de la Mesa Redonda.
Es en Camelot, en la corte del Rey Arturo, donde un gigantesco caballero comparece durante la comida de Año Nuevo vestido de verde y con un aspecto imponente y casi sobrenatural. Monta un caballo del mismo color y de la misma apariencia asombrosa y busca pelea con quien se atreva a darle un primer golpe con su propia hacha, que le cederá y a la que renuncia. El desafiante Caballero Verde recibirá el primer golpe a condición de que pueda devolverlo. Es Gawain (el Galván del romancero viejo), el más débil, inexperto e indeciso de los Caballeros de la Mesa Redonda, quien asume el reto como parte de su destino para evitárselo a su tío Arturo.
Y así, con un difícil equilibrio entre lo sobrenatural y lo realista que casi anticipa el realismo mágico contemporáneo, arranca un proceso de exaltación de la lealtad y el valor y sobre todo de depuración personal de Gawain en un poema narrativo “compuesto según las fórmulas prosódicas de la poesía aliterativa”, como señalan Bernardo Santano y Fernando Cid en la magnífica Introducción con que presentan esta edición bellamente ilustrada y anotada con rigor científico y capacidad iluminadora.
Con un difícil equilibrio entre lo sobrenatural y lo realista que casi anticipa el realismo mágico contemporáneo, arranca un proceso de exaltación de la lealtad y el valor
Una introducción en la que abordan aspectos como la técnica aliterativa del poema, su autoría, sus antecedentes literarios o la tradición simbólica del color verde antes de concluir que “Sir Gawain y el Caballero Verde no narra solo una aventura caballeresca, sino un tránsito iniciático, un descenso simbólico a las raíces del mito y de la psique. El eco de antiguos ritos vegetales resuena bajo la armadura bruñida del joven caballero. La decapitación no es un fin, sino un umbral; la sangre no es muerte, sino semilla. El Caballero Verde, como un brote inesperado en pleno invierno, no desafía a Gawain: lo convoca a su metamorfosis. Y en su fulgor vegetal, el lector vislumbra que todo final verdadero es también un principio renovado. Porque en los pliegues del mito, la naturaleza no castiga: enseña. Y todo aquel que se atreve a mirar más allá del acero, del miedo y del mandato cortesano (como lo hace el propio lector que avanza entre estas líneas), renace.”
No hace falta decir más -y no se debe decir menos- para invitar a la lectura de un poema inmortal que refleja también una aventura intensamente simbólica, la de la alegórica travesía de la vida, en esta admirable edición en español.
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