El vampiro tal como lo entendemos actualmente nació tal día como hoy hace 209 años, durante la noche del 16 de junio del verano boreal de 1816 en la Villa Diodati, fruto del tedio, de la reclusión forzada y del certamen literario improvisado por Lord Byron.
Aquel verano la erupción del volcán Tambora en 1815 había sumido a Europa en un “año sin verano”, provocando hambrunas, cielos grises y un clima apocalíptico.
Que Polidori eligiera la corrupta figura del vampiro “balcánico” y la fundiera en un crisol simbólico ha sido ampliamente estudiado. El rastro del vampiro eslavo puede seguirse en los informes y tratados reunidos por el monje benedictino francés Dom Augustin Calmet, que a mediados del siglo XVIII recogió testimonios de supuestos vampiros en Hungría, Moravia y Serbia, otorgándoles una pátina de respetabilidad erudita. Mientras tanto, la figura del protovampiro literario había comenzado a insinuarse en textos como The Giaour de Byron, donde el protagonista es condenado a una forma de no-muerte oriental, o Thalaba the Destroyer, de Robert Southey, que introducía elementos demoníacos y sangrientos en un contexto poético orientalizante.

Pero si nos remontamos a casi 100 años antes, podemos entender mejor cómo el vampiro llegó a permear en todas las capas de la sociedad hasta desembocar en esa noche de epifanías en la villa Diodati. Por increíble que pueda parecer, tuvo mucho que ver con la clase política de Inglaterra.
En marzo de 1732, los lectores ingleses se estremecieron con una extraña noticia proveniente del este: un soldado serbio llamado Arnold Paul había regresado desde la tumba para aterrorizar a su aldea.
La noticia apareció inicialmente como una carta enviada desde Viena publicada en The London Journal el 11 de marzo de 1732. El protagonista era Arnold Paul (o Paole), un hajduk (miliciano fronterizo serbio) que había afirmado en vida haber sido atacado por un vampiro en la región de Gossowa. Para librarse de la maldición, había llevado a cabo lo que se consideraba el remedio contra la maldición: comió tierra de la tumba del vampiro y se untó con su sangre. En 1726, murió al caer de un carro cargado de heno y fue enterrado en el cementerio de Medveđa.
Pocas semanas después de su entierro, comenzaron a producirse muertes misteriosas entre los vecinos, acompañadas de testimonios que aseguraban haber visto al difunto rondando por la aldea. Los aldeanos, convencidos de que se trataba de un vampiro, exhumaron su cuerpo cuarenta días después de su muerte. Según los testimonios recogidos, el cadáver estaba incorrupto, con la piel rosada, sangre fresca en ojos, boca y oídos, y uñas nuevas en lugar de las antiguas. Le clavaron una estaca en el corazón —lo que provocó un gemido y abundante sangrado—, lo decapitaron y lo quemaron, siguiendo el ritual de purificación. Hicieron lo mismo con las supuestas víctimas de Paole, por miedo a que también se convirtieran en vampiros.
El caso habría quedado como una anécdota local, pero en el invierno de 1731 se produjo un segundo brote de muertes en la misma aldea. Esta vez, las autoridades imperiales enviaron primero al médico Johann Friedrich Glaser, quien, aunque escéptico, autorizó nuevas exhumaciones para calmar el pánico de una población que ya se planteaba su éxodo a tierras menos impías. Al observar la persistencia de signos extraños en los cadáveres —sangre líquida, órganos intactos, piel viva—, Glaser elevó su informe a las autoridades. El Consejo Imperial envió entonces una comisión oficial encabezada por el cirujano militar Johann Flückinger, junto a varios oficiales y cirujanos. El 7 de enero de 1732, exhumaron diecisiete cuerpos y encontraron signos de vampirismo en doce de ellos. Entre los casos destacaba el de una anciana llamada Milica, que había ingerido carne de animales muertos por vampiros, y Stana, una mujer que se había frotado con sangre de vampiro para protegerse.
Los cuerpos fueron destruidos mediante decapitación, cremación y esparcimiento de las cenizas. El informe, titulado Visum et Repertum, redactado con un tono forense, fue remitido al Consejo Imperial de Guerra. Su publicación en Belgrado, y poco después en Londres, marcó la entrada del término «vampire» o «vampyre» en el discurso público británico.

Sin embargo, la historia no se quedó ahí. Junto al relato de Arnold Paul aparecía un artículo de opinión condenando los movimientos especulativos alentados por el gobierno (en referencia fundamentalmente a la burbuja fraudulenta creada en torno a la Compañía de los Mares del Sur). Casualidad o no, esto derivó en un segundo artículo redactado por Nicholas Amhurst, bajo el seudónimo Caleb D’Anvers en The Craftsman donde usaba la figura del vampiro como metáfora. Para él, Arnold Paul simbolizaba perfectamente a aquellos «ministros voraces» y especuladores financieros que, como vampiros, drenaban la riqueza pública y privada, dejando al pueblo exhausto. Según D’Anvers, estos «vampiros políticos» no solo se alimentaban de los vivos, sino que extendían su daño hacia futuras generaciones, imponiendo deudas y cargas económicas.
En poco tiempo, la figura del vampiro, introducida anecdóticamente como una curiosidad del folklore balcánico, se popularizó gracias a las acusaciones políticas cruzadas y se convirtió en símil de corrupción y explotación económica y política.
Esta trayectoria acabaría por alcanzar a Polidori, quien, consciente o no, recogería esa figura transformada y la puliría en su célebre cuento El vampiro. En él, la metáfora se eleva: el vampiro ya no es un campesino maldito, sino un aristócrata refinado, inmortal, que se alimenta del deseo, la ingenuidad y la decadencia de la alta sociedad. Y así, el vampiro se convirtió en uno de los mitos más duraderos y flexibles de la modernidad.
¡Aprovechamos esta entrada para anunciar la publicación de nuestra nueva edición de El vampiro, de John William Polidori, coincidiendo con los 209 años de su gestación en la Villa Diodati! Esta edición incluye anotaciones críticas y varios anexos como el presente, que contextualizan históricamente el relato y su impacto en la cultura literaria y política de la época.
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